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GIJÓN, 31 Ago. 2009 - El Comercio .
Miles de personas se dan cita en la plaza Mayor para poner punto y final a la fiesta de la bebida patria en el día en que los lagareros repartieron 26.000 litros gratuitos.
Pelayo se divisaba a duras penas, simplemente, por ser alto, porque si hubiese bajado de su altar al suelo del común de los mortales, sería uno más entre los miles de gijoneses, asturianos y foráneos que ayer se dieron cita en el cierre de la XVIII Fiesta de la Sidra Natural. Eso sí, de haber sido de carne y hueso, la botella y el vaso de la bebida patria serían una extensión de su cuerpo, como sucedía con todos aquellos que visitaron la plaza Mayor para degustar litros y litros de culinos. El concejal de Festejos, José Manuel Sariego, entre ellos, hacía los honores y bebía el primero de la mañana, escanciado por Jesús San José, que en representación de Sidra Pachu -ganadora del Premio Elogio de Oro 2008- era el encargado de iniciar la degustación gratuita.
Así, a las 12.20 los lagareros se ponían en funcionamiento para servir 26.000 litros gratuitos a las miles de personas que, animados por los rayos de Lorenzo, se acercaban a la plaza del Ayuntamiento a saciar la sed, porque el calor reseca y nada mejor que la sidra para hidratarse.
Muchos llegaban preparados de casa. Otros, compraban los vasos en el mismo lugar para estrenarlos directamente. «Es la primera vez que vengo, pero no será la última», anunciaba el madrileño Iván, que estaba «alucinado» con la fiesta de Gijón. Junto a él, su amiga Lorena, también de la capital, atestiguaba lo que miles de asiduos a la sidra opinaban: «Está buenísima».
«Más para mí»
En el resto de las comunidades del norte de España no es algo ajeno. Y si no, que se lo pregunten a Jon, procedente de Irún, Guipúzcoa. «Aquí la sidra es muy diferente, aunque ambas están igualmente deliciosas», recalcaba mientras le daba la mano a su amigo Jorge, del mismo Gijón, que no dudó en comentarle entre risas que «allí os cuesta un poco escanciar» y acto seguido aprovechó para hacer lo propio no sin recibir los aplausos de Jon.
Y aunque la sidra es de baja graduación, no es mala idea llenar un poco el estómago, que a la vez sirve para que entre más fácilmente. Las empanadas se llevaron la palma. Marisa y Raquel, con sus maridos, se las comían a la sombra de la plaza y recordaban con emoción el récord Guinness que se batió el viernes en Poniente. «Fue muy emocionante. Estuvimos a punto de unirnos, pero nos pareció una falta de respeto porque lo habríamos hecho fatal», aseguraban.
Los que tampoco se pudieron resistir a catar el sabor de la sidra fueron los más pequeños, que al ver cómo los mayores disfrutaban entre vaso y vaso, botella y botella, también pedían su parte. Eso sí, a alguno, como Laura, no le agradó lo más mínimo y reflejó en su cara su desagrado. «Más para mí», le contestó su padre.
Y así, con tanto litro bien aprovechado de sidra, los cantos rodados de la plaza Mayor, por una vez, dejaron de estar empapados del agua pluvial para quedar regados del sabor de la tierra, que otro año más se dejó caer al ritmo de las gaitas y tambores.